Desayuno Americano

Las luces parecían parpadear…, de la descompostura que tenía. ¿Qué más podría haber estado haciendo yo en el room de un hotel 5 estrellas comiendo un clásico desayuno americano, parloteando incoherencias y vislumbrando al público que me rodeaba a esas escasas horas de la madrugada?

El problema del desayuno americano por lo que estaba notando en mi lengua, es que después de los huevos revueltos y la panceta frita se hace difícil pasar una tasa de café, es como que te queda anestesiado el paladar. Y ni hablar de la revolución intestinal entre las tripas y el hígado. Deben andar de piquete ahí abajo.

Pero para que una delirante noche termine en su punto justo como el mejor asado preparado por el amigo que sabe era interesante aquel room de ese afamado hotel.
¿Pero qué tenía de especial? Pues bien, ahí estaba ella.

Pocos minutos antes de aquella eficaz jugada, me encontraba con la peor resaka de mi vida. Creo que había estado en el boliche que está unas cuadras antes de donde me encuentro ahora. Una bohemia mezcla entre lo moderno y lo de antaño se encontraron esa noche cerca de mí. Con amigos y desconocidos entramos a esa cueva electrónica. La noche se apoderó rápidamente de nuestras mentes llevándonos en un intenso camino de sonidos rave como tehc house y algo de electro. La música parecía danzar en nuestras panzas, la fraternidad que sentíamos era especial. Nunca nos habíamos apegado tanto. Nos sentíamos poderosos, con ganas de bailar y estallar nuestras cabezas contra las más impensadas notas musicales que vomitaban los parlantes del boliche. Quizás esta euforia fue por esas pastillas rosas que trajo un amigo de Rodrigo. Quizás, fue por nuestras ganas de divertirnos, o quizás fue por las dos. Quién sabe, la noche estaba en pañales y el éxtasis comenzaba a pegar fuerte.

Qué les puedo decir, la historia no acaba ahí, pero son muchas horas de baile, agua e incoherencias.
Mi problema fue al salir de ese lugar, al caminar junto al viento de la ciudad,  junto a las sombras de los arboles, junto al ventanal de aquel living room de ese hotel 5 estrellas.
Es ahí donde la vi, junto a la ventana, con un cálido fulgor que iluminaba un poco esa esquina del bar. Sus curvas, su elegancia, su belleza fueron una droga difícil de olvidar.
Ella me atrajo, como la mejor publicidad que puedas imaginar, como la mejor fruta que puedas probar. Su manzana, finamente mordida hizo estragos en mí y me dije. ¿Por qué no? Tenía que preguntarle cosas, su precio. ¿Tan caro podría salir un ratito de felicidad? No lo sé, pero tenía que averiguarlo.

¿Qué si me hospedo en el hotel? – No le dije al recepcionista, quiero desayunar nada más. Y así como así, acá estoy, con una revuelta intestinal, la boca anestesiada y la mirada en aquel rincón junto al ventanal, donde está ella, con su elegancia sin igual.
¿Qué más podría perder? Quién sabe, pero no me importa. Asique me levanté y fui a aquel rincón junto al ventanal.

-Disculpe señorita, ¿puedo hacerle una pregunta? – ahí estaba frente a ella, con los nervios de punta, con la panza revuelta, con el libido entre las piernas.
Pero ella dijo que sí, como si supiera lo que le iba a preguntar. Aquel precio, aquel valor que yo quería averiguar ya era pan comido.
Entonces acá voy, mi pregunta fue:

-Buena onda, te quería preguntar cuánto te salió esa notebook MAC, está re buena y creo que me quiero comprar una.

¿Qué pasa? ¿Se esperaban otra cosa?

Saludos mal pensados.

Renzo Rubén Anconetani

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